La primera hora, a oscuras
A Olwen la mejor hora del día se le acaba antes de que el resto del valle encienda la luz. Sale al tramo cuando todavía es de noche, con el frío seco que huele a savia y a tierra escarchada, y trabaja el seto guiándose tanto por el oído como por la vista: el podón sonando, un mirlo que protesta, poco más. Pliega a mano los setos vivos de un valle del interior de Gales, un oficio de invierno que ya casi nadie sigue haciendo. Trabaja sin guantes buena parte del tiempo —necesita sentir por el dedo dónde parte la rama— porque el corte tiene truco: se deja una lengüeta de madera viva del grosor de un pulgar, se dobla el tronco casi hasta el suelo, se teje con el de al lado, y por esa lengüeta sigue subiendo la savia aunque la rama quede tumbada. Cortar sin matar. Un seto suyo se reconoce de lejos: bajo, denso, con el trenzado de arriba tan regular que parece hecho con plantilla. No usa plantilla. Cuando la escarcha empieza a soltar, para. La madera, a esa hora, todavía no engaña.