Cajas que no había que mover
Entró un coche en el patio del almacén y el capataz levantó la vista del mostrador de clasificar. A Stan le pidió que fuera detrás de la báscula, que había cofres que colocar. Se lo pidió tranquilo, como quien manda cualquier recado. Stan cogió el primero por las asas y estuvo dos horas cambiando de sitio cajas que estaban bien donde estaban.
Desde allí oía la conversación. El comprador hablaba de humedad y de calibres; el capataz contestaba con la voz que pone delante de la gente de fuera, más lenta, con más síes. Cuando el coche arrancó, Stan volvió al mostrador y siguió con el montón que había dejado a medias.
Tenía quince años. Ahora, cuando oye un motor en el patio, se va él solo a la parte de atrás antes de que se lo digan.
Fuera de la floración trabaja de noche: dar la vuelta a las vainas, cerrar los cofres de afinado y quedarse hasta que amanece, porque la vainilla curada desaparece si el almacén se queda solo. Se mueve entre los montones con la bombilla apagada y solo tira del interruptor cuando hay que escribir en la hoja.