Subir por el arrozal y no pasar del umbral
La última vez que entró en la aldea de su madre tenía dieciséis años. Subió por el arrozal, que es el camino largo, dejó el saco en el suelo del umbral y se quedó de pie con un pie fuera, hablando desde ahí. Bajó antes de que oscureciera. No hubo escena ni portazo: dejó de subir y ya está. Arriba, ver a uno de los suyos todavía se cuenta como enfermedad. Ladera abajo, en las parcelas, lo llaman por su nombre para que abra la hilera. Las dos cosas pasan el mismo día.







