Un coche en el patio del almacén
Basta con que aparezca un coche en el patio. La primera vez tenía quince años: el capataz le pidió, sin malos modos y sin explicar por qué, que se quedara al otro lado de la báscula hasta que la visita acabara. Se pasó el rato colocando cofres que no hacían ninguna falta y oyendo desde allí cómo el comprador preguntaba por la humedad y por los calibres. Ahora ya no hace falta que nadie se lo pida: oye el motor, deja lo que esté haciendo y se va al fondo él solo.







