Su casa está en lo alto
Lo primero que recuerda Togar no es una cara: es el bosque visto desde arriba, moviéndose. Su madre lo llevaba agarrado a su pelo, cruzando la copa de rama en rama, y él veía pasar el verde por debajo. Desde entonces lo de arriba le parece el sitio bueno, y el suelo, un poco menos suyo.
Un orangután está hecho para esa altura. Tiene los brazos larguísimos y los pies le agarran como manos, así que se cuelga, se columpia y se sostiene de cualquier rama con una facilidad que a Togar le parece de lo más normal. Toda su vida cabe ahí arriba, en la copa: el árbol de anoche, el de mañana, la rama desde la que mira. Con seis años todavía no cruza la copa solo; cuando su madre se mueve, él se agarra a su pelo y va con ella, en brazos por lo alto del bosque.







