¿Y esta cómo se llama?
Es el juego que Togar se inventó él solo, sin que nadie se lo enseñara: señalar una fruta y esperar a que su madre le diga el nombre. El higo. El durián, que huele antes de verse. El mangostán. La que pica y no se come. La que hay que abrir con maña. Veinte veces cada mañana, la misma pregunta, hasta que el nombre se le queda dentro.
En la copa del bosque de Sumatra, donde vive, madrugar es empezar la ronda de comida temprano, cuando la fruta está en su punto. Togar sigue a su madre de árbol en árbol y va preguntando por todo lo que ve: por la fruta madura y por la verde, por la que ya conoce y por la que es nueva. Aprender, para él, es esto: preguntar sin cansarse y quedarse con la respuesta. Una cría de orangután pasa años así, con la curiosidad encendida desde que amanece.







