Entre sesiones
En el estudio de Maboneng hay una taza que siempre está en la mesa de dibujo, entre los botes de tinta y la aguja de coser de Koko que Nala no usa pero no mueve. Es una taza de rooibos. Rooibos sin azúcar, sin leche, sin nada. La prepara cuando llega al estudio a las tres de la tarde, antes de limpiar la camilla y revisar los diseños del día. Se la bebe en los primeros cuarenta minutos. Después, entre cliente y cliente, la rellena. El rooibos se queda tibio porque Nala no tiene microondas en el estudio — tiene una lámpara rescatada de un contenedor de Arts on Main, un sillón de una barbería de Jeppestown, una mesa de dentista y una máquina de tatuar que vale más que todo lo demás junto. Pero microondas, no.
El rooibos tibio es parte del ritual. No del ritual bonito que se cuenta en Instagram: del ritual que consiste en parar tres minutos entre una sesión de dotwork y la siguiente, estirar los dedos, beber algo que no sea agua fría, y dejar que la mano descanse antes de volver a puntuar piel durante tres horas. Nala hace sesiones de tres horas máximo. Nunca más. El lobo de tierra no destruye el termitero: cosecha y deja que se regenere. Nala hace lo mismo con los cuerpos que tatúa y con sus propias manos.
La ceramista que tiene estudio dos puertas más allá a veces le trae rooibos ya hecho los domingos. No hablan mucho. A veces ni eso. Se sientan en la puerta del estudio y beben en silencio mientras Fox Street se queda vacía. Eso es Maboneng un domingo por la tarde: lugar de luz sin nadie mirando.







