Fox Street, las dos
Cierra la puerta del estudio, comprueba el candado dos veces y baja por Fox Street. El asfalto brilla si ha llovido — en Johannesburgo las tormentas de verano caen rápido y fuerte, y a las dos de la mañana ya solo queda el vapor subiendo desde el suelo. Los edificios de Maboneng son naves industriales reconvertidas: ladrillo a la vista, escaleras metálicas, carteles de galerías que a esa hora están cerradas y oscuras.
El dueño del shisa nyama del cruce le guarda el mismo corte. Si no aparece dos noches seguidas, le manda un WhatsApp. "Viva?" "Viva." Es todo lo que necesitan. Nala cruza hacia Jeppestown, donde las farolas funcionan a medias y la calle tiene otro sonido: menos turista, más residencial, un perro detrás de una valla, música de gospel desde un piso alto. Si la noche está despejada sube por Bez Valley, donde el asfalto se rompe y el cielo se abre un poco más.
No lleva auriculares. Eso es importante. Escucha la ciudad como escuchaba el campo de Limpopo cuando tenía ocho años y Koko la sacaba al borde del veld con una linterna. Los animales han cambiado — chacales por coches, hyrax por generadores de load shedding — pero el hábito de oír sin filtro sigue. La ronda dura entre cuarenta minutos y una hora. Vuelve por Main Street, sube al piso, se quita las botas, se deja el collar de pinchos puesto. A las cinco de la mañana está dormida. A las dos de la tarde se levanta. El lobo de tierra es nocturno. Nala también.







