Cuarenta minutos al sur
Los viernes que el cuerpo aguanta, Nala mete agua, cuaderno y un rotulador en una mochila y conduce cuarenta minutos al sur por la N1. No hay plan. El Highveld se abre pasado Alberton y de pronto no hay edificios, no hay load shedding, no hay casero subiendo el alquiler un dieciocho por ciento. Solo pasto seco, cielo grande y el tipo de silencio que en Johannesburgo cuesta encontrar salvo a las cuatro de la mañana.
Camina media hora sin buscar nada. A veces dibuja. A veces se sienta en una piedra y mira la pradera hasta que el sol baja lo suficiente como para que el grassland cambie de color: del amarillo pajizo al ocre, del ocre a ese naranja que dura tres minutos y que ella nunca ha conseguido capturar en un diseño. No es excursión ni es meditación. Es que el lobo de tierra vive en el Highveld y Nala, aunque lleve cuatro años en Maboneng, todavía necesita ver campo abierto para recordar qué forma tiene el horizonte sin grúas.
La mochila que usa esos viernes es la que más le dura. No porque la cuide especialmente, sino porque lleva poco: la botella, el cuaderno, el rotulador, a veces un sándwich de la gasolinera. Sin portátil, sin máquina de tatuar, sin los catorce cuadernos de tramas que lleva acumulando desde los ocho años. Solo lo necesario para estar fuera tres horas y volver con la cabeza un poco más limpia.







