Café turco a las cuatro y media
Faiz se despierta sin alarma a las cuatro y media de la mañana. Todos los días. No es voluntad ni hábito entrenado — es una cosa del cuerpo que lleva ahí desde que tiene memoria. El zorro rojo árabe es crepuscular: sus picos de actividad coinciden con el amanecer y el atardecer, las dos horas en que la temperatura permite moverse sin pagar un precio demasiado alto. El cuerpo sigue prefiriendo la media luz, incluso cuando vives en una ciudad costera con farolas y tráfico.
A esa hora Muscat no ha decidido todavía si va a ser un día soportable o uno de esos que parten el asfalto. El aire que entra por la ventana abierta del dormitorio huele a sal del puerto y a incienso del vecindario — el bakhoor que alguien ha quemado temprano o que simplemente nunca se fue del todo.
Hace café en la cocina. Turco, sin azúcar, en un cazo de cobre que compró por tres riales en el suq de Mutrah. Desde el taburete junto a la ventana ve el tráfico empezando a moverse: furgonetas de reparto, algún pescador que vuelve del puerto. Comprueba WhatsApp. Los trabajos del día. A veces tres, a veces seis. En verano puede haber diez. Sale del piso a las cinco y cuarto. Tercer piso sin ascensor. La puerta con el pestillo que gira sin llave.







