Lo que guarda el zorro
Faiz guarda de todo. En la furgoneta: tres cajas de herramientas, bolsas de frutos secos, filtros de repuesto para modelos de aire acondicionado que se dejaron de fabricar en 2014, un paquete de galletas María, un sobre con cuarenta riales debajo del asiento. En el piso: cajas de plástico apiladas en la habitación de invitados que nunca tiene invitados. Si le pidieras que tirara algo, diría que sí. Y después lo sacaría del contenedor cuando nadie mirara.
Los zorros rojos hacen lo mismo. Cuando hay excedente, entierran comida en diferentes puntos del territorio para recuperarla después. No es gula. Es que el desierto no avisa y lo que hoy sobra mañana puede haber desaparecido. La biología del Vulpes vulpes arabica incluye un instinto de cacheo compulsivo que tiene todo el sentido del mundo cuando vives en un paisaje donde las estaciones no siguen un patrón amable. Faiz no entierra comida en la arena, pero su furgoneta Nissan Urvan es el equivalente urbano de una madriguera con despensa: si algo se rompe en Muscat a las tres de la tarde de un martes de agosto, probablemente ya tiene la pieza de repuesto debajo de una lona junto a las galletas. La furgoneta la compró a los diecinueve con un año de ahorros. Es vieja, suena a vieja, y Faiz le ha cambiado suficientes piezas como para que sea difícil decir qué parte es original y cuál no.
Esa forma de funcionar no salió de la nada. Faiz creció en Barka, una ciudad costera a ochenta kilómetros de Muscat. Su padre, Ibrahim, conducía una furgoneta de reparto que llevaba verduras y hielo a los pueblos del interior. Los fines de semana, Faiz iba con él. La furgoneta tenía una radio AM que sintonizaba dos emisoras. Ibrahim le enseñó a escuchar el motor: una correa suelta no suena igual que un rodamiento gastado, y si aprendes la diferencia antes de que algo se rompa, te ahorras el parón. Faiz aprendió la diferencia antes de cumplir nueve años.







