Barka
Faiz creció en Barka, una ciudad costera a ochenta kilómetros de Muscat, en Omán. Su padre, Ibrahim, conducía una furgoneta de reparto que llevaba verduras y hielo a los pueblos del interior. La furgoneta tenía una radio AM que sintonizaba dos emisoras. Los fines de semana, Faiz iba con él. Ibrahim le enseñó a escuchar el motor: una correa suelta no suena igual que un rodamiento gastado. Si aprendes la diferencia antes de que algo se rompa, te ahorras el parón. Faiz aprendió la diferencia antes de cumplir nueve años.
Un martes de sus catorce, la furgoneta no estaba en la puerta. Ibrahim se fue sin pelea, sin drama audible, sin nota. La madre, Huda, no habló del tema. Los vecinos se cansaron de preguntar en diez días. Y Faiz descubrió que el silencio a veces tiene forma de furgoneta.
Dejó el colegio a los dieciséis. Empezó como ayudante de Yusuf, un técnico egipcio que llevaba treinta años en Omán reparando todo lo que tuviera cable, tubo o motor. El taller estaba en Ruwi, un barrio comercial de Muscat. El método de enseñanza de Yusuf era simple: dejar que Faiz se equivocara y ver cuánto tardaba en encontrar el error. Tardaba poco. Yusuf le mandó a los trabajos de climatización. "Tienes buen oído para las máquinas que enfrían." Y tenía razón: Faiz oía lo que otros necesitaban un manómetro para detectar.







