El accidente de Ghala
A los veintitrés, Faiz aceptó climatizar un almacén entero en la zona industrial de Ghala, a las afueras de Muscat. Presupuesto ajustado, plazo de dos semanas, julio. En el día once, un tubo de cobre mal soldado reventó. Gas R-22 sin mascarilla. Siguió trabajando veinte minutos porque solo quedaba un empalme. Se desplomó en la escalera.
Dos días en urgencias. Cuando salió, el cliente había contratado a otra empresa. Mil doscientos riales de deuda. Ocho meses durmiendo en la furgoneta. Comiendo lo mínimo. La radio AM como única compañía entre las dos y las seis de la mañana, cuando Muscat duerme y el calor afloja lo justo para poder respirar con las ventanillas bajadas.
En algún punto de esos meses, Faiz entendió algo que habría preferido no entender: que la vergüenza económica y la vergüenza de su padre eran la misma vergüenza. Que Ibrahim no se fue de Barka por cobardía sino por no saber cómo quedarse debiendo. Lo entendió, y eso fue peor que la deuda.







