La furgoneta
Faiz sale de casa a las cinco y cuarto. Tercer piso sin ascensor en Mutrah, la puerta con un pestillo que gira sin llave. Baja, abre la Nissan Urvan — la furgoneta vieja que compró con un año de ahorros a los diecinueve — y comprueba los trabajos del día en WhatsApp. A veces tres, a veces seis. En verano puede haber diez. La furgoneta es un almacén rodante. Tres cajas de herramientas, cuatro bolsas de frutos secos, filtros de repuesto para modelos que se dejaron de fabricar en 2014. Un paquete de galletas María. Un sobre con cuarenta riales debajo del asiento del copiloto.
El zorro rojo es un acaparador compulsivo. Cuando hay excedente, entierra comida en diferentes puntos del territorio para recuperarla después. El desierto es impredecible y lo que hoy sobra mañana puede no existir. Faiz lo aprendió pronto: las cosas desaparecen sin hacer ruido. Un padre que se fue sin nota a los catorce de Faiz, una furgoneta de reparto que un martes simplemente no estaba en la puerta. La madre, Huda, que trabajó más sin explicar nada. Los vecinos de Barka que dejaron de preguntar en diez días.
Así que Faiz guarda. Y cuando le mandaron a los trabajos de climatización como aprendiz de Yusuf, un técnico egipcio que llevaba treinta años en Omán reparando todo lo que tuviera cable, tubo o motor, descubrió que sus manos eran buenas desmontando cosas rotas y volviéndolas a montar mejor de lo que estaban. Yusuf no enseñaba con explicaciones. Enseñaba dejando que te equivocaras y viendo cuánto tardabas en encontrar el error. Faiz tardaba poco. "Tienes buen oído para las máquinas que enfrían", le dijo Yusuf un martes, y le mandó a los trabajos de climatización. A los diecinueve ya tenía la furgoneta y su primer trabajo independiente: instalar un split en un restaurante de biryani en Ruwi. El dueño le pagó en efectivo y le invitó a comer.







