Um Tariq y el bint al-sahn
En el segundo piso del edificio de Faiz vive Um Tariq, una vecina yemení de setenta y tantos años. Le deja bint al-sahn — un dulce yemení con miel y mantequilla — en la puerta los viernes desde aquella noche de agosto en que él le arregló el aire acondicionado en pijama a las once y media de la noche. Ella no le llamó. Él oyó el compresor pararse desde su piso — las orejas del zorro rojo árabe captan frecuencias que el oído medio ignora — y bajó con la caja de herramientas.
No hablan mucho. No hablan de sus respectivos hombres ausentes: el hijo de ella que trabaja en el Golfo y no llama lo suficiente, el padre de él que un martes de los catorce de Faiz cogió la furgoneta de reparto y no volvió. Se cuidan con comida y reparaciones. Ella deja el dulce en la puerta. Él arregla lo que se rompe en el piso del segundo. Los niños del edificio le llaman ammu Faiz.
Faiz lleva una sudadera beige debajo de la chaqueta de pana coral. No por estética — por función. Cuando el ruido artificial sostenido le agota (alarmas, zumbidos eléctricos, la música que sale de las tiendas del suq), se sube la capucha sobre las orejas. Es su silenciador de emergencia. Huele a refrigerante R-410A y a dátiles. La sudadera que tienes delante no tiene esa capucha mágica, pero tiene la cara de quien la necesita.







