Once radios en una estantería
El retrato muestra a un zorro rojo árabe con gorra arena y chaqueta de pana coral. Se llama Faiz, vive en Mutrah — el barrio portuario de Muscat, en Omán — y tiene once radios viejas en la estantería del salón. Las compra en el suq, las desmonta, cambia condensadores, las limpia y las vuelve a montar. Funcionan siete. Las que no, se quedan igualmente en la estantería, porque para Faiz tirar algo que todavía podría repararse es una forma de rendición que no se permite.
Cada viernes a las siete de la mañana enciende las once a la vez. AM, FM, onda corta. Estática, voces, música omaní, una emisora india, algo que parece coreano. Tres minutos exactos. Para la mayoría sería ruido. Para él es lo más parecido a la calma que conoce — once frecuencias mezclándose en un paisaje sonoro que no le pide nada.
El zorro rojo es un animal crepuscular. En el desierto, sus picos de actividad coinciden con el amanecer y el atardecer, las dos horas en que la temperatura permite moverse sin pagar un precio demasiado alto. Faiz mantiene ese ritmo en la ciudad: se despierta a las cuatro y media sin alarma, hace café turco en un cazo de cobre que compró por tres riales en el suq, y sale del piso a las cinco y cuarto. Tercer piso sin ascensor. La puerta tiene un pestillo que gira con la mano, sin llave. La vecina del segundo se lo ha dicho varias veces — que es peligroso. Faiz sonríe cada vez. Si alguien quiere entrar, entra. Pero él necesita poder salir.







