Seis nudos
La última Navidad que Alek pasó en Heimaey, cogió el ferry Herjólfur por la mañana. Treinta y cinco minutos de travesía desde Landeyjahöfn. Su padre estaba en la cocina a las diez sin nada que hacer. Jubilado desde hacía poco. Las manos del padre de Alek son más grandes que las de Alek, y las de Alek ya son grandes. Manos de pescador de bacalao que llevan cuarenta años haciendo nudos de amarre en el muelle de Heimaey sin equivocarse en uno.
Alek reconoció la postura. La misma que él tiene cuando el taller cierra por temporal y se queda en el semisótano de Vesturbær sin saber qué hacer con las horas. Un hombre sentado que necesita algo que arreglar. Sacó la caja de herramientas de debajo de la mesa de la cocina y le dijo a su padre que el grifo goteaba. No goteaba. El grifo funcionaba perfectamente. Alek lo sabía y su padre probablemente también. Pero pasaron la mañana entera desmontándolo y volviéndolo a montar. Separaron las juntas, limpiaron la rosca, cambiaron una arandela que no necesitaba cambio. Hablaron de la presión del agua, del material de la tubería, de si la llave de paso estaba dura. No hablaron de lo que su madre le había contado por teléfono: que su padre se olvidaba de cosas. Que a veces repetía la misma frase en la cena. Que el otro día no encontraba el camino al puerto.
Cuando Alek se fue —tres días después, ferry de vuelta, bolsa de deporte, caja de herramientas— su padre le metió una bolsa de plástico en la mochila sin decir nada. Alek la abrió en el ferry. Seis nudos de cuerda. Seis tipos distintos: los mismos que su padre le enseñó a hacer en el muelle cuando tenía diez años. As de guía, ballestrinque, nudo de ocho, vuelta de escota, nudo llano, media llave. Alek los aprendió todos en una tarde. Su padre dice que nunca tuvo que corregirle uno.







