Segundo grado
Tenía diecinueve años. Llevaba dos en el taller, entrando a las siete menos cuarto sin que nadie se lo pidiera, abriendo motores que otros dejaban para el lunes. El cortocircuito le quemó del pulgar a la muñeca. No gritó. Se envolvió la mano con el pañuelo negro que llevaba al cuello — el mismo que hoy le identifica en el muelle —, cerró el panel eléctrico con la izquierda y fue andando al hospital.
Seis semanas sin poder trabajar con la mano derecha. Seis semanas yendo al taller de todos modos. Se sentaba en el taburete de la entrada y miraba. Miraba dónde perdían tiempo los otros, qué herramientas estaban en el sitio equivocado, qué atajos producían más problemas de los que resolvían. Cuando la mano curó, reorganizó el taller entero sin preguntar a nadie. Movió la mesa de soldadura al lado de la ventana, recolocó los paneles de herramientas por orden de uso y no de tamaño, cambió las estanterías para que el material pesado quedara a la altura de la cintura. Nadie protestó porque todo funcionaba mejor.
El dueño del taller — sesenta y ocho años, manos más grandes que la cabeza de Alek, voz que suena a motor diésel al ralentí — le subió el sueldo sin discurso. Le dijo: "Sabía que si te sentabas a mirar, pasaría esto." Fue suficiente.







