Grandi a las siete menos cuarto
A las siete menos cuarto de la mañana, el taller huele a aceite de dos tiempos y a café frío del día anterior. Alek llega antes que nadie. Abre la puerta del muelle, pone la cafetera, saca las herramientas y las deja en la mesa en el orden que van a necesitar. Un Yamaha 25 caballos con un fallo eléctrico, un casco de fibra con una grieta por debajo de la línea de flotación, una revisión de rutina de un bote de pesca que sale el miércoles. Las herramientas ya están puestas cuando llegan los demás.
Cuando Alek levanta la vista de un motor, lo que ve depende del mes. En julio, turistas con helado por el paseo marítimo. Los almacenes de pescado se han convertido en galerías y cafeterías, pero el taller sigue ahí porque los pescadores artesanales necesitan a alguien que les arregle el motor sin cobrarles de más. A veces un turista se asoma y mira el interior como si fuera una exposición más. Alek no levanta la cabeza. En enero, lo que ve es oscuridad. A las tres ya no hay luz y el taller cierra. El viento del norte mete spray salado por la rendija y Alek se sube el pañuelo negro hasta la nariz — no por el frío, sino porque cuando se concentra le molesta el aire en la cara. Pañuelo arriba, no me hables.
En ese taller se quemó la mano derecha a los diecinueve. Un cortocircuito en un sábado de enero. La cicatriz blanca va del pulgar a la muñeca. Se la mira cuando piensa. Le recuerda que las cosas se rompen sin aviso y que lo que parece funcionar puede estar rozando un cable pelado por dentro. Seis semanas sin poder usar la mano derecha. Fue al taller todos los días de todos modos. Se sentó. Miró. Cuando la mano curó, reorganizó el taller entero sin preguntar a nadie. El dueño le subió el sueldo.







