Ida y vuelta
Alek tiene una furgoneta Toyota HiAce del 2008 con óxido en los bajos. Cuando no puede dormir o cuando la pregunta del taller le ocupa demasiado espacio en la cabeza, se sube y conduce hacia el norte por la Ruta 1 hasta Hvalfjörður, el fiordo de la ballena. Son unos cuarenta kilómetros de asfalto pegado al agua, con la VHF encendida a volumen bajo y el calefactor puesto aunque no haga falta. Da la vuelta siempre en el mismo punto: una curva donde el fiordo se estrecha tanto que parece que la carretera se va a meter en el mar. Nunca llega al fondo. Vuelve.
No sabe qué hay al final de Hvalfjörður. Alguien le dijo una vez que hay una cascada, un aparcamiento y un cartel. Alek asintió y no fue. Lo que necesita no está al fondo del fiordo. Lo que necesita es la ruta: la secuencia de curvas que ya conoce, la frecuencia VHF crepitando sin decir nada importante, el reflejo de los faros en el agua negra. Una hora de ida y vuelta en la que no tiene que decidir nada excepto cuándo girar el volante.
En Heimaey, los polluelos de frailecillo abandonan la madriguera solos, de noche, guiándose por el reflejo de la luna en el mar. Las luces del pueblo los desorientan y acaban en las calles. Alek los recogía de crío, los metía en cajas de cartón, los lanzaba al día siguiente desde los acantilados. *Slyngja lunda*. Hay algo en esa ruta nocturna por el fiordo que se parece a eso: salir en la oscuridad, seguir una línea, volver.







