Treinta y cinco minutos
El ferry Herjólfur conecta Heimaey con el continente. Treinta y cinco minutos hasta Landeyjahöfn. Alek se subió a los diecisiete, solo, con una bolsa de deporte y una caja de herramientas. Su hermano ya estaba en Reykjavík. Su padre había trabajado una temporada desde el puerto de allí. No fue dramático. Pero irse de una isla de cuatro mil quinientas personas tiene un peso que irse de una ciudad no tiene. No hay carretera de vuelta. Hay un barco.
Treinta y cinco minutos es poco tiempo. Pero en ese trayecto cabe ver Heimaey hacerse pequeña desde cubierta. Cabe el viento del sur, que en verano trae olor a hierba y en invierno trae agua. Cabe la certeza de que el ferry sale todos los días a la misma hora, así que siempre puedes volver. Esa certeza es lo que hace posible irse.
Alek entró como ayudante en un taller de mantenimiento de embarcaciones en Grandi, el puerto viejo de Reykjavík. Grandi estaba cambiando: los almacenes de pescado se convertían en galerías y cafeterías, pero los pescadores artesanales seguían ahí. El primer mes durmió en el sofá de su hermano. Al segundo encontró un semisótano en Vesturbær, ocho minutos a pie del taller. Una habitación, cocina-salón, baño. Ventanas pequeñas, techo bajo. Lo eligió exactamente por eso. A los diecinueve, un cortocircuito le quemó la mano derecha. A los veintidós conoció a [Otto](https://www.yagopartal.com/es/animal-kinhood/otto/) en un muelle, por accidente, como todo lo que le importa. A los veinticuatro, su jefe le dijo que quería jubilarse y que le gustaría que Alek se quedara con el negocio. Alek no respondió.







