Las rutas conocidas entre casa y la mairie
Wesley sale de su apartamento de planta baja — edificio de poca altura, patio interior compartido — y camina hacia la mairie. Siempre por las mismas calles. La ruta coincide con la que mejor huele a esa hora, aunque no sea la más corta. A las siete y media, la calle que pasa por detrás del mercado tiene viento que baja de las colinas de granito. A las ocho menos cuarto, el sol ya ha calentado la fachada este de la mairie y entra por las ventanas de la sala de mediación. Wesley calcula sus movimientos con esa clase de precisión — no por obsesión, sino porque cada variable que controla es una variable que no le complica el día.
Lleva bajo el brazo la carpeta rígida con los expedientes. Dentro de la carpeta, la brocha de pelo de cabra envuelta en un paño. En el bolsillo del abrigo, la cinta de papel. En la otra mano, nada — Wesley necesita una mano libre para abrir la puerta de la mairie, para levantar el pestillo de la ventana, para señalar una línea en el mapa catastral cuando empiece la primera reunión.
Una mochila resuelve algo que la carpeta rígida no: libera las dos manos. Esta mochila tiene un compartimento principal con espacio para un portátil de hasta quince pulgadas, un bolsillo frontal para objetos más pequeños — llaves, cargador, documentos sueltos — y un bolsillo interior con cremallera para lo que no quieras que se mezcle con el resto. Las correas son ajustables y acolchadas. El panel trasero tiene una malla que permite la ventilación en contacto con la espalda.







