El mercado matinal de Ambalavao
Todas las mañanas, antes de llegar a la mairie, Wesley pasa por el mercado. No se para a mirar. Sabe lo que quiere: fruta — mango si hay, plátano si no —, pan y algo salado para después. La vendedora de siempre ya le tiene preparado el pedido cuando lo ve cruzar la primera fila de puestos. No necesitan hablar. Ella separa la fruta, él paga exacto, asiente y sigue caminando.
El mercado matinal de Ambalavao se despliega sobre una explanada de tierra compactada entre la ruta nacional RN7 y los primeros talleres de seda. A las siete ya hay movimiento: sacos de arroz abiertos con un cazo de aluminio encima, pilas de tomates que se achatan con el calor antes de mediodía, carbón vegetal en bolsas de rafia, especias en montones cónicos que la brisa del altiplano mueve lo justo para que el aroma alcance dos puestos más allá. El olor es lo que Wesley vigila. Si el puesto de carbón está encendido temprano — a veces los vendedores calientan café para los primeros clientes —, Wesley ajusta la ruta y pasa por el lado de los textiles, donde el aire huele a tinte vegetal y algodón sin tratar. Nada fuerte. Nada que le ocupe la cabeza antes de llegar al despacho.







