Los niños que juegan cerca de las piedras
A seis kilómetros al sur de Ambalavao, donde las colinas de granito se levantan entre los arrozales en terraza y los primeros árboles del bosque seco, la Réserve Communautaire d'Anja recibe cada día a grupos de lémures de cola anillada que saltan entre las rocas con una confianza que los turistas confunden con indiferencia. Los niños de las familias betsileo que viven en la periferia de la reserva conocen a esos lémures de toda la vida. Los ven al volver de la escuela, los esquivan en los senderos, los señalan cuando algún grupo grande cruza el camino de tierra que conecta las parcelas con la carretera.
Para esos niños, un lémur de cola anillada es un vecino, sin más. Alguien con rutinas propias — salir al sol por la mañana, buscar fruta, pelearse de vez en cuando por un sitio en la rama más alta — que coincide en el mismo territorio sin que nadie haya firmado un acuerdo de convivencia. Wesley entiende esa proximidad porque la vivió de niño: el grupo estaba ahí, los otros animales estaban ahí, el sol era de todos y el espacio se compartía con reglas que nadie explicaba pero que todo el mundo cumplía.







