Leo-17
En primavera del año pasado, una cámara trampa capturó a un macho joven que Jeong no tenía en su registro. Rosetas del hombro y el flanco izquierdo con un patrón que no coincidía con ninguno de los anteriores. Un dispersor: un leopardo juvenil estableciendo territorio propio por primera vez. Jeong lo dibujó esa misma noche, a la luz de la estufa, comparando el patrón con los treinta y tantos que ya tenía archivados en la libreta. Le puso Leo-17. Los nombres son internos, suyos, y no los comparte con el equipo. Pero cuando un investigador nuevo confunde un individuo con otro, la decepción se nota.
Reconocer a un animal individualmente cambia la forma de trabajar. Deja de ser una cifra de censo y se convierte en alguien con ruta, con costumbres, con una ladera donde duerme al atardecer y un arroyo donde bebe al amanecer. Los investigadores con doctorado usan software de reconocimiento por patrones fotográficos para esto. Jeong usa lápiz, papel y tres años de mirar muy despacio. El método es más lento, pero lo que pasa por los dedos se queda de un modo que la pantalla no replica. La conservación abstracta — salvar la especie, proteger el ecosistema — se convierte en responsabilidad concreta cuando sabes a quién estás rastreando.







