Idioma de cocina
Esta camiseta de Jeong mujer lleva su retrato impreso en toda la superficie: casco de aviador, chaqueta de borreguillo, jersey azul aciano y esos ojos que parecen haber aprendido a mirar antes que a hablar. Jeong, leopardo de Amur, tiene veintiún años, pero hay cosas que sabe desde mucho antes de pilotear drones sobre los bosques de Barabash.
Su abuela Halmoni Soo-yeon era koryo-saram. La comunidad étnica coreana del Lejano Oriente ruso, descendientes de los deportados por Stalin en 1937. No hablaba mucho de la historia. Pero cuando cocinaba, hablaba en coreano. Le enseñó a Jeong a hacer kimchi antes de enseñarle a leer el cirílico. Le enseñó a caminar por el bosque sin hacer ruido, a cortar leña sin desperdiciar un solo golpe, a oler el viento antes de elegir sendero.
Todo eso entró por la cocina. El coreano de Jeong es el coreano de las recetas: verbos de corte, de fermentación, de temperatura. Sabe decir «así no, más fino» y «cuando cambie de olor ya está» en una lengua que fuera de esa cocina casi nadie a su alrededor habla. Es un idioma heredado que vive en las manos más que en la conversación, y Jeong lo guarda con la misma precisión con que guarda la libreta de recetas manuscritas que la abuela le dejó.







