Ventana abierta en febrero
Esta camiseta de Jeong hombre lleva su retrato impreso de borde a borde: casco de aviador vintage, chaqueta de borreguillo y esa mirada que parece que lleva diez minutos observándote sin que lo hayas notado. Jeong, leopardo de Amur, tiene veintiún años y vive en un piso compartido en Barabash, Primorski Krai, a tres horas de Vladivostok. El piso tiene dos habitaciones, calefacción central que funciona a su ritmo y una ventana que él deja abierta incluso cuando el termómetro baja de veinte bajo cero.
Su compañero de piso se llama Andrei. Técnico del parque, treinta y cinco años, ex-militar, callado. Conviven en un silencio que funciona: se turnan para cocinar, comparten el espacio sin negociar demasiado, se respetan y no se estorban. La mesa de trabajo de Jeong tiene un dron desmontado, un soldador, un multímetro y mapas topográficos pegados con cinta adhesiva. En la cocina, tarros de kimchi fermentando junto a la ventana. El casco del abuelo cuelga del perchero junto a la puerta, con las gafas dentro.
Es el tipo de piso donde cada objeto tiene un motivo, aunque nadie lo haya explicado. Las cortinas opacas en el dormitorio porque Jeong necesita oscuridad total para dormir. La ventana abierta porque necesita oír el viento y sentir el frío del bosque incluso de noche. El dron en la mesa porque al día siguiente, a las seis menos cuarto, sale al campo con la batería dentro del saco de dormir y el termo de café entre los pies.







