El cine que me crió: de E.T. a Animal Kinhood.
El cine que me marcó de joven —de E.T. y Eduardo Manostijeras a Bergman, von Trier y Border— y cómo el monstruo, la máscara y el outsider se volvieron mi manera de retratar.
Hay una tarde de mi infancia que empieza en una sala de cine y termina en un KFC. Vi Jurassic Park con mis padres, mi hermano y unos amigos suyos, y salí de la sala sin habla.
En la cena, el menú traía un dinosaurio de plástico de regalo, uno para cada uno. No recuerdo qué comí. Recuerdo tenerlo en la mano, y una idea demasiado grande para los once años que tenía: que el mundo, que casi siempre me quedaba enorme, aquella tarde había cabido entero dentro de una pantalla.
Lo cuento porque creo que el cine que me marcó de joven es uno de los orígenes de lo que hago. De los retratos de animales de Animal Kinhood, por los que se me conoce. Y también de las series más oscuras que hago en paralelo y que casi nadie asocia conmigo. Las dos cosas se fraguaron en parte en las mismas salas a oscuras.
De niño dibujaba para irme a otro sitio. Llenaba libretas de monstruos, de animales, de mundos que no existían. Era el raro de la clase: sensible, distinto, y con una homosexualidad que se me notó antes de que yo mismo la entendiera. En el colegio yo era «el niño marica que dibujaba bien». Lo digo sin dramatismo, porque fue así, y porque el dibujo era mi salida. El cine era la misma salida, pero a oscuras. Y tenía una ventaja que tardé años en entender: allí, por fin, no me miraban a mí. Miraba yo.
Y me di cuenta de a quién miraba. Del héroe pasaba. Me quedaba siempre con el otro: el raro, el roto, el que daba miedo o pena. Con el monstruo.
Hay una cosa curiosa en esa palabra, monstruo. Viene de mostrar, de señalar. El monstruo es lo que se enseña para avisar: no seas esto. Y cuando ya eres un poco eso —el raro del patio, el que tiene algo que esconder—, el monstruo deja de avisarte de nada. Te devuelve tu propia cara. Por eso un niño así no se enamora del guapo de la película. Se va con Eduardo Manostijeras, un chico dejado a medias, con las manos hechas cuchillas, que crea cosas preciosas pero hace sangre en cuanto toca a alguien. Se va con el hombre elefante, que grita en una estación no soy un animal, soy un ser humano. Se va con el troll de Border, que resulta ser el ser más humano de toda la película. Se va, sin saber por qué, con John Connor: un crío al que nadie hace caso y al que una máquina decide, por fin, proteger.
De esos personajes no te acuerdas exactamente. Te los quedas puestos. Se te meten en el sitio donde uno decide quién es, y ya no salen. Lo que ves de niño se te queda dentro como material con el que te construyes. Por eso, más que nostalgia de cinéfilo, esto es una forma de arqueología: escarbar en unas cuantas películas para encontrar de dónde salió lo que soy.
Mirar y no apartar la vista
Lo primero que el cine me enseñó a mirar fue la violencia. RoboCop me marcó por eso, por la crudeza: un plano puede obligarte a apartar la vista, y aun así es cine. No lo pasé bien. Se me quedó grabado. Más tarde entendí que aquella película se estaba riendo de nosotros por mirar —los anuncios, los noticiarios dentro de la propia película—, igual que Funny Games te sienta a ver una barbaridad y te hace notar que una parte de ti quería verla. Mirar nunca es inocente.
A los dieciséis aprendí a mirar mi propio cuerpo de esa manera. Un tumor en la columna, años entrando y saliendo de quirófanos, y una secuela que sigo llevando: la mano izquierda medio dormida, que no responde del todo. De golpe yo también tenía un cuerpo que no encajaba, que delataba, que había que explicar. No lo cuento como una desgracia. Lo cuento porque cambió para siempre lo que hago con una imagen.
Años después me metí a trabajar dentro del cine. En DDT, un estudio de efectos especiales, como diseñador conceptual: hice la máscara y el maniquí de La piel que habito, la de Almodóvar, que va justo de eso, de una cara rehecha por la fuerza. Diseñé criaturas. Y aprendí una cosa que lo cambia todo: detrás de cada monstruo hay una mano que lo fabrica. Un ser construido con paciencia para que alguien lo mire y sienta algo. Un oficio. Lo mismo que un retrato.
Con una cámara delante me atrevo a más. Una vez acabé en medio de unas protestas, con la policía cargando, y me quedé haciendo fotos. Con la cámara me da menos miedo mirar. Es la única forma que conozco de no apartar la vista.
Verlos existir
Luego el cine me enseñó otra cosa, más callada: que yo también podía existir.
Cuando fui creciendo empezaron a dolerme películas de gente como yo, gente fuera de sitio. Beautiful Thing, dos chavales de barrio en Londres. Brokeback Mountain, dos hombres que no podían. Torch Song Trilogy, un artista de cabaret en Nueva York que solo quiere que lo quieran y que su madre lo acepte. No hacían falta discursos. Bastaba verlos ahí, enteros, contados con dignidad y no como chiste ni como castigo, para que algo dentro de mí entendiera que su historia se podía contar. Y si la suya se podía contar, la mía también.
Para un crío que descubrió lo que era en soledad y con miedo, esas películas hacen algo que la palabra «representación» se queda corta para nombrar: son la primera prueba de que tu vida se puede contar. De que cabes en una historia. De que eres alguien.
La máscara y la cara de debajo
Y estaba Persona, de Bergman, que no entendí del todo la primera vez y me marcó igual. Dos caras de mujer que se van fundiendo hasta que dejas de saber cuál es cuál. La máscara y la cara de debajo.
Tardé mucho en ponerle nombre a lo mío: un autismo con altas capacidades que me diagnosticaron ya de adulto, después de toda una vida poniéndome una cara para pasar por normal. Lo aprendí tan pronto que durante años ni supe que lo hacía. Y llevaba dos máscaras a la vez, la del autismo y la de la homosexualidad. Las dos se aprenden igual: mirando cómo hacen los demás, copiándolo, escondiendo lo que sobra para que te dejen en paz. Son el mismo truco puesto sobre dos cosas distintas. Bergman me lo había contado años antes, sin que yo supiera que hablaba de mí.
La máscara sirve para sobrevivir. El problema es que, si la llevas suficiente tiempo, un día no sabes qué hay debajo. A mí me pasó. Y cuando por fin pude quitármela, no desapareció: se convirtió en material. Empecé a hacer series enteras sobre máscaras, sobre caras que no eran la que tocaba. Lo que un día me salvó, luego lo pude mirar de frente y trabajarlo.
Decir las cosas de costado
Con el tiempo entendí por qué me llegaban tanto la fantasía y la ciencia ficción, y no el drama de salón. Porque dicen las cosas de costado. De un alien o de un monstruo puedes decir lo que no te dejarían decir de un vecino. La rareza, el deseo, el miedo, la diferencia: metidos dentro de una criatura, pasan. Es una manera de contar la verdad sin que te la censuren —ni los demás, ni tú mismo.
Por eso E.T. me parece mucho más que un cuento bonito. Es la historia de un niño solo que encuentra familia en lo más raro del universo, porque lo humano, a su alrededor, le ha fallado. Cuentan que Spielberg la sacó de su propia soledad de crío, de después del divorcio de sus padres. Se nota: esa película sabe exactamente lo que es no encajar ni en tu propia casa. Y ahí está la clave de casi todo lo que me importa. Cuando el mundo de las personas no te acoge, aprendes a buscar parentesco donde sea. En un extraterrestre. En un monstruo. En un animal.
Los viernes en los Icaria
En la universidad el cine se me volvió oficio. Cada viernes quedaba con Manel, mi mejor amigo, en los cines Icaria: dos películas en versión original, una antes de comer y otra después, y horas hablando de cine y de música en medio. Aprendíamos a mirar despacio, a fijarnos en cómo estaba puesta la luz, en por qué una escena te agarraba y la siguiente te soltaba. Ahí empecé a entender que mirar bien se puede aprender, y que era lo único que se me daba de verdad.
Una cosa más de esa época que explica lo que vino después: nunca he sabido hacer obras sueltas. Necesito series, un conjunto con sentido. Quizá por eso, más adelante, en vez de imágenes aisladas acabé inventando familias enteras de personajes.
Dar rostro a lo que no se mira
Cuando por fin salí de los quirófanos, lo primero que hice fueron autorretratos. Todavía nada de animales simpáticos: me puse yo delante de la cámara, a mirarme. Y enseguida series que se llamaban Violencia, Intimidad fantasma, Deformidad: retratos digitales, oscuros, de cuerpos que no encajan en ninguna casilla limpia. Era el idioma que tenía para sacar fuera lo que llevaba dentro.
Los animales con ropa vinieron después, casi por accidente, con el nombre de Zoo Portraits. Se hicieron virales, salieron en un anuncio de Apple y en las paredes de un museo. Con los años lo rehíce entero y lo llamé Animal Kinhood: retratos de animales con nombre, oficio y biografía. Como Otto, un zorro ártico que se despierta a las tres y cuarto de la mañana sin alarma, porque el cuerpo decide por él. La gente los ve simpáticos, y lo son. Pero por dentro llevan lo mismo que aquellas películas: la dignidad de un ser al que, se supone, no le tocaba tener alma.
Durante años me costó enseñar las dos caras juntas, los animales y la obra oscura, como si tuviera que elegir entre el que gusta y el que soy. Ya no, porque hacen lo mismo. Cojo lo que la sociedad aparta —lo deforme, lo raro, lo que no es como nosotros— y le pongo un rostro para que no puedas seguir sin mirarlo.
Y lo construyo, igual que se construye un monstruo en un plató. Ninguno de mis animales es la foto de un animal real: cada uno es un collage de piezas de muchos, tratado y repintado hasta que te mira casi como una persona. Lo hacía a mano mucho antes de la IA. Fabricar un ser que no existe para que se sienta real es lo mismo que aprendí con la máscara y el maniquí, y es, más o menos, lo único que sé hacer.
Al final todo esto va de una sola cosa, y es más sencilla de lo que parece. Hay una idea de John Berger que lo dice mejor que yo: ver llega antes que las palabras; el niño reconoce el mundo antes de saber hablar, y enseguida entiende que a él también se le puede ver. Esa mirada que te devuelve la mirada es la que te coloca en el mundo. A mí, de pequeño, no siempre me la devolvieron. Me la devolvieron los monstruos, los aliens y los personajes raros de una pantalla. Hacer retratos es devolverla yo ahora, a quien haga falta. Aunque tenga plumas, o pelo, o cara de troll.
Elliot
A E.T. le tengo un cariño raro. No me hizo llorar como otras; no es de las que me reventaron por dentro. Pero me enseñó algo que sigo creyendo: que se puede querer a lo más extraño del universo, y que a veces es lo más extraño lo que te salva. Y me quedé con el niño.
Elliot esconde al alien en su casa, le da de comer, lo defiende, lo quiere. Elliot fue para E.T. todo lo que yo no tuve de pequeño: alguien. Me pareció siempre un personaje bueno, y el nombre se me quedó pegado a esa idea, a la de ser buena persona.
Con los años he montado una familia que me quiere tal como soy, con mis dos caras y mi mano rara. Y a mi hijo le puse Elliot. (Una te menos que el de la película.)
Todavía es pequeño y no sabe de dónde viene su nombre. Lo que quiero de verdad es que crezca sabiendo lo que a mí me costó años entender: que ser distinto, casi siempre, es lo mejor que uno tiene para dar. Algún día le pondré la película. De momento nos basta con construir cosas juntos, con las manos: la suya y la mía, la que va bien y la que va a su aire.
Las películas de este texto
Jurassic Park · E.T. · Terminator 2 · RoboCop · Eduardo Manostijeras · El hombre elefante · Border · Persona · Funny Games · Rompiendo las olas · Dancer in the Dark · Beautiful Thing · Brokeback Mountain · Torch Song Trilogy