El primer café de la mañana
Le tiembla la mano izquierda cuando está muy cansado. No siempre — solo después de jornadas largas con el martillo, cuando los callos de las manos se resienten y los hombros cargan con dieciocho años de levantar hierro al rojo. En esos días, sujetar la taza con las dos manos es un gesto que no elige: le sale. El calor de la cerámica en los dedos le recuerda al hierro templado, pero sin la urgencia.
Fernando vive solo en la nave de piedra que fue la fragua de su abuelo, a tres kilómetros de Trujillo. Se mudó allí a los treinta años. Añadió una habitación trasera con baño y cocina mínima. Todo lo demás es espacio de trabajo: yunque centenario, forja de carbón, porche con hamaca donde hace la siesta sin excepción entre las dos y media y las cuatro y media. No hay vecinos inmediatos. No hay tráfico. El único sonido a primera hora es el gallo del ganadero de al lado.
Esa soledad no la padece: la eligió. Necesita espacio como necesita el campo abierto para caminar cuando la presión sube — ocho o diez kilómetros hacia la Sierra de Santa Cruz, sin teléfono, sin destino fijo. Hay una encina concreta a cuatro kilómetros del taller, con un tronco hueco donde se sienta desde los ocho años.







