Herramientas del siglo XIX
En la pared del taller hay un arado romano de hierro que Fernando restauró a los treinta y dos años. Lo encontró en un cortijo abandonado cerca de la Sierra de Montánchez: cuatro meses de limpieza y tratamiento. No lo vendió. Lo colgó. Cuando le preguntan por qué, dice: "Porque alguien lo hizo para que durara. Y duró."
Esa frase resume su forma de trabajar. Fernando conserva herramientas del siglo XIX que siguen funcionando. No por nostalgia ni por decoración: porque están bien hechas y hacen lo que tienen que hacer. Un fuelle que lleva más de cien años moviendo aire, un juego de tenazas con el mango gastado en el punto exacto donde la mano cae. Las cosas que duran le interesan más que las cosas nuevas.
A los diez años hizo su primera pieza solo: un gancho para colgar jamones. Tardó cuatro días y siete intentos. Su abuelo no le corrigió ni una vez — se limitó a mirar. El gancho aguanta un jamón de ocho kilos y sigue en la cocina de su madre. Veintiséis años.







