La pérdida o destrucción de hábitat es el resultado directo del sistema económico y social en el que actualmente nos encontramos, siendo uno de los mayores riesgos a los que se enfrentan las especies animales y la principal amenaza para la supervivencia de la fauna salvaje. La reducción de la biodiversidad o la extinción de especies son algunas de las consecuencias de esta degradación, en la mayoría de ocasiones irreversibles.

Sin embargo, hay otro tipo de consecuencias a nivel local, que nos afectan en mayor medida a los amantes de la naturaleza. Y es que, la pérdida de un hábitat también supone que cada vez resulte más difícil la observación de fauna silvestre cuando se realiza una salida por el medio natural. Es decir, se reducen considerablemente las probabilidades de observar animales en su propio hábitat, en libertad.

Observación de animales en libertad

De cualquier modo, la observación de fauna salvaje no es fácil. Además de la pérdida de hábitat, hay que añadir otros factores que impiden observar de manera sencilla a los animales: la gran mayoría son de hábitos nocturnos o crepusculares, y muchos de ellos tienen sentidos muy desarrollados, como el oído, el olfato o la vista, lo que les permite evitar y escapar de todo lo relacionado con el ser humano.

Oso pardo paseando por un lago con colores otoñales. Hábitat de vida silvestre de Rusia. Por Ondrej Prosicky | Shutterstock.com
Oso pardo paseando por un lago con colores otoñales. Hábitat de vida silvestre de Rusia. Por Ondrej Prosicky | Shutterstock.com

Por ello, si queremos ser más eficaces a la hora de encontrar y visualizar animales, y entender de una manera más completa su comportamiento y su relación con el medio, debemos estar atentos a indicadores indirectos, que nos pueden revelar la presencia de diferentes especies (huellas, señales, rastros, etc.). Una vez que nos encontramos con alguno de estos indicadores, podemos ser capaces de interpretar las distintas señales que se nos manifiestan. Un correcto seguimiento nos puede dar mucha información acerca de la forma de vida de los diferentes animales, y nos permitirá conocer distintas características de cada ejemplar, tales como la edad, el tamaño o el tipo de alimentación. En poder averiguar estas singularidades, sin necesidad de un encuentro directo, radica la importancia de un adecuado rastreo.

La mayoría de estas señales son temporales, por lo que desaparecerán al cabo de los días, o incluso horas. Sin embargo, hay ejemplos de huellas y señales que han perdurado durante miles de años, como es el caso de las huellas fósiles de oso de las cavernas encontradas al sur de Francia, las cuales tienen entre 15.000 y 20.000 años de edad.

En definitiva, el análisis y estudio de los siguientes tipos de indicadores nos facilitará información interesante acerca de las características de los animales que las han creado:

Huellas, tipos de pisadas y estructura del pie

Las huellas son las señales más fácilmente reconocibles, sobre todo cuando se descubren en la nieve o en terrenos blandos y arenosos. Sin embargo, es importante conocer la estructura y aspecto de los pies (o patas) de las diferentes especies para una correcta identificación.

En este sentido, podemos señalar la existencia de animales plantígrados, es decir, aquellos que apoyan por completo la suela del pie y las manos (como la liebre), y digitígrados, los que únicamente se apoyan en los dedos como medida de adaptación (como el lince). Por otro lado, podremos observar las marcas de las uñas en el suelo en el caso de que sean no retráctiles, como las que poseen especies como el lobo o el zorro. En cambio, si las uñas son retráctiles (como las del gato montés), es probable que no se adviertan sus marcas. Además, existen también especies con pezuñas, las cuales dejan una huella muy característica.

Por todo ello, el estudio previo de los diferentes tipos de huellas, formas y tamaños nos ayudará en la identificación.

Rastro de pisadas de lobo sobre la nieve. Por Andrey Yushkov | Shutterstock.com
Rastro de pisadas de lobo sobre la nieve. Por Andrey Yushkov | Shutterstock.com

Excrementos, una pista sobre los hábitos alimenticios, dieta y comportamiento

Aunque en primera instancia pueda resultar un tema poco atractivo, el estudio de los excrementos nos puede revelar una gran cantidad de información importante. En primer lugar, podemos conocer los hábitos de comida y la dieta esencial de las diferentes especies. De hecho, gracias a las partes no digeribles de los alimentos, podemos averiguar en algunas circunstancias qué ha comido exactamente el animal, al observar ciertas partes de elementos como plumas, pelos, caparazones o fragmentos de quitina (presente en el cuerpo de los artrópodos). Por ejemplo, en los excrementos de nutria es habitual encontrar restos de crustáceos. Gracias a este tipo de estudios podemos comprender las diferentes costumbres alimenticias de los animales, así como identificar al propio animal.

Sin embargo, los excrementos nos proporcionan aún más información: por ejemplo, a través del olor de las heces. Los mamíferos disponen de unas glándulas odoríferas (situadas en el área genital), las cuales segregan unas sustancias que desprenden en las heces un olor particularmente característico para cada especie. Esta secreción es importante durante la época de celo, ya que nos da información acerca de que ese animal está en disposición de aparearse, lo que también favorece la selección sexual.

Cabra ibérica occidental. Temporada de apareamiento. Por Paolo-manzi | Shutterstock.com
Cabra ibérica occidental. Temporada de apareamiento. Por Paolo-manzi | Shutterstock.com

El olor de los excrementos también es utilizado para marcar un territorio, al igual que la situación o posición en la que se encuentran las heces. Algunos animales, como el zorro, procuran defecar en algún lugar elevado (rocas o troncos caídos), para que así el olor se disperse de manera más eficaz. Otros, en cambio, prefieren hacerlo en letrinas o en agujeros en el suelo, como es el caso del tejón.

Señales y marcas sobre los alimentos que se consumen

Muchos animales dejan marcas o evidencias que suelen manifestarse en forma de señales (creadas por los dientes y otras partes del cuerpo) sobre los alimentos que consumen, ya sean ramas de árboles o arbustos (descortezamiento, típico de los cérvidos), en frutos (roeduras en el caso de los roedores) o incluso en los cadáveres de sus presas (los carnívoros suelen dejar marcas de mordiscos). Al igual que con los excrementos, el estudio de los comederos y los alimentos nos proporciona una información muy valiosa acerca de la dieta de diferentes especies, así como de sus hábitos alimenticios.

Ardilla roja comiendo una piña. Lathi, Findalnd. Por Hert Niks | Shutterstock.com
Ardilla roja comiendo una piña. Lathi, Findalnd. Por Hert Niks | Shutterstock.com

Madrigueras, guaridas y refugios

Comúnmente, y sobre todo durante la época de cría, los animales se suelen refugiar en diferentes tipos de guaridas y madrigueras, ocultas y poco accesibles (el ejemplo más típico, puede que sean los nidos de las aves). Estos refugios pueden ser permanentes, aunque lo habitual es que se usen de modo temporal. La ubicación, el tamaño y las características de las madrigueras nos pueden ayudar a identificar a sus “dueños”.

Por ejemplo, animales como el zorro, el conejo o el tejón construyen sus madrigueras por debajo del suelo, formando una serie de galerías y túneles conectados entre sí. Por el contrario, el ciervo o el gamo no crean un refugio en sí, sino forman un descansadero, en áreas abiertas del bosque donde aplastan la vegetación para acostarse.

Un cachorro de zorro rojo en su madriguera. Por Menno Schaefer | Shutterstock.com
Un cachorro de zorro rojo en su madriguera. Por Menno Schaefer | Shutterstock.com

Revolcaderos y baños de barro

Los revolcaderos son áreas fangosas y pantanosas donde ciertas especies se dan baños de barro para cuidarse la piel, regular su temperatura y protegerse contra las picaduras de los insectos. En los alrededores, suelen aparecer árboles con restos de lodo, señal de que los animales se han restregado para secarse. Son rastros fácilmente identificables, pertenecientes a especies como, por ejemplo, el jabalí.

Jabalí (Sus scrofa). Por lightpoet | Shuterstock.com
Jabalí (Sus scrofa). Por lightpoet | Shuterstock.com

Arañazos y marcas en los árboles

Durante la primavera, es común que algunos cérvidos, como el corzo, restrieguen sus cornamentas contra los troncos de los árboles para así desprenderse de la borra (una capa fina aterciopelada que protege la nueva cuerna que han desarrollado durante el invierno), dejando unas marcas muy significativas. También, los osos suelen mordisquear y arañar las ramas y troncos, sobre todo durante la época de celo.

Arañazos de oso pardo en un árbol. Por bravikvl | Shutterstock.com
Arañazos de oso pardo en un árbol. Por bravikvl | Shutterstock.com

Egagrópilas, un elemento cotidiano en algunas aves

En los alrededores de los nidos y dormideros de distintas aves, es habitual encontrar unas “pelotitas” más o menos compactas, formadas por pelo, plumas, huesos, elementos vegetales, etc., denominadas egagrópilas. Las egagrópilas están formadas por aquellos componentes que las aves no pueden digerir, por lo que reaccionan de una forma natural regurgitando este contenido. Son frecuentes en las rapaces nocturnas, córvidos o gaviotas, por lo que estudiando su contenido, formas y tamaños, podemos deducir a qué especie corresponden.

Egagrópila. Comida no digerida de pájaro depredador. Por kodec | Shutterstock.com
Egagrópila. Comida no digerida de pájaro depredador. Por kodec | Shutterstock.com

 


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